Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino De las antedichas plantas, por natural transición, pasamos Consejo, Ned y yo a mencionar los gigantescos animales del mar. Unas estaban destinados, con toda evidencia, a servir de alimento a los otros. Sin embargo, desde los cristales del Nautilus casi inmóvil, yo no veía entonces sobre los largos filamentos más que los principales articulados de la división de los branquiuros, centollas de largas patas, cangrejos violáceos o clíos propios de los mares de las Antillas. Serían cerca de las once cuando Ned Land me hizo reparar en un formidable hormigueo que se estaba produciendo en medio de las largas algas.
-Claro está, dije, éstas son verdaderas cavernas de pulpos y no es extraño que veamos en ellas a algunos de esos monstruos.
-¡Cómo!, dijo Consejo, ¿calamares, sencillos calamares de la clase de los cefalópodos?
-No tal, dije yo, sino pulpos de grandes dimensiones. Pero tal vez el amigo Ned se engañó, porque no veo nada.
-Lo lamento, añadió Consejo. Quisiera contemplar de frente a uno de esos pulpos de los que tanto oí hablar y que son capaces de arrastrar a un navío hasta el fondo del abismo. Llaman a esas bestias...
-¡A otro niño con esa bola!, interrumpió irónicamente el canadiense. Porque nadie me hará creer que tales animales existen.