Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Qué furia nos arrojó entonces contra aquellos monstruos! Nadie podía dominar su ímpetu. Diez o doce pulpos tenían invadidos la plataforma y los costados del Nautilus. Nosotros nos revolvíamos enfurecidos en medio de los sobresaltos de aquellos fragmentos de serpientes que se agitaban en la plataforma envueltos en. sangre y tinta negra. El arpón de Ned Land se hundía a cada golpe en los ojos glaucos de los calamares, reventándoselos. Pero de pronto mi audaz compañero cayó derribado por los tentáculos de un monstruo, que no logró eludir.
El terrible pico del calamar se había abierto sobre él, y se hallaba a punto el desdichado de ser partido en dos. Yo me lancé en su ayuda. Pero se me había adelantado el capitán Nemo. El hacha que empuñaba se metió entre las dos enormes mandíbulas y, salvado por milagro, el canadiense, levantándose, hundió el arpón hasta el triple corazón del pulpo.
-Le debía a usted el desquite, díjole el capitán Nemo al canadiense. Ned se inclinó sin responderle. El combate había durado un cuarto de hora. Los monstruos, vencidos, desalojaron el campo y desaparecieron entre las olas. El capitán Nemo, rojo por el baño de sangre, inmóvil junto al fanal, contemplaba el mar que se había llevado a uno de sus compañeros, mientras dos lagrimones le empañaban los ojos.