Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A mí, lo que más me había desgarrado el corazón, durante aquella lucha, fue el grito de desesperación del desventurado. ¡El pobre francés, olvidando el lenguaje convencional, había apelado a la lengua de su tierra y de su madre, para lanzar el llamado supremo! Así, pues, entre los tripulantes del Nautilus, ligados en cuerpo y alma con el capitán Nemo, para huir como él de todo contacto con los hombres, habla tenido yo un compatriota. ¿Sería el único representante de Francia en la misteriosa asociación, integrada evidentemente por individuos de diversas nacionalidades? ¡Era éste otro problema, entre tantos otros insolubles que se presentaban sin cesar a mi intrigado juicio!
El capitán Nemo regresó a su alcoba y no volví a verlo durante cierto tiempo. ¡Pero qué triste, qué desesperado, qué indeciso debía sentirse, a juzgar por el navío de que él era el alma y que recibía todas sus impresiones! Porque el Nautilus no tomaba ya una dirección determinada. Iba y venía, flotaba como un cuerpo muerto a la merced de las olas. La hélice había sido destrabada y, no obstante, no se la utilizaba. El Nautilus navegaba al acaso. ¡No podía desprenderse del teatro de su última lid, del mar que habla devorado a uno de los suyos!