Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El 8 de mayo nos hallábamos aún frente al cabo Hatteras, a la altura de la Carolina del Norte. El ancho de la Corriente del Golfo es allí de setenta y cinco millas y su profundidad de doscientos diez metros. El Nautilus seguía vagando al acaso. Toda vigilancia parecía suprimida a bordo, Convengo en que en tales condiciones podía lograr buen éxito una evasión. En efecto, las orillas habitadas brindaban por todas artes fáciles refugios. Surcaban continuamente el mar numerosos barcos que prestan servicios entre Nueva York o Boston y el golfo de México, y recorríanlo día y noche las pequeñas goletas que efectúan el cabotaje en los diferentes puntos de la costa norteamericana. Cabía esperar que nos recogieran.
Era, por tanto, una ocasión favorable, pese a las treinta millas que nos separaban de la costa. Pero una circunstancia contraria se oponía a los proyectos del canadiense. El tiempo se había puesto muy malo. Nos acercábamos a las zonas donde son frecuentes las tempestades, a la región de las trombas y ciclones engendrados precisamente por la Corriente del Golfo. Arrostrar el mar desencadenado en una débil canoa era ir hacia una muerte segura. El propio Ned Land lo admitía y tascaba el freno con furiosa nostalgia que sólo la fuga hubiera podido curar.