Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Me quedé a solas. Habiendo aceptado el pedido, resolví terminar de una vez. Prefiero una cosa hecha a una por hacer. Volvime a mi habitación. Desde allí oía que el capitán Nemo caminaba en la suya. No había que perder aquella oportunidad de un encuentro. Llamé a la puerta; no me respondió. Volví a llamar, moví el picaporte. Abrióse la puerta y entré. El capitán estaba allí. Inclinado sobre su mesa de trabajo, no me había oído. Resuelto a no retirarme antes de haber hablado con él, me aproximé. Levantó de pronto la cabeza, frunció el entrecejo y me dijo con tono bastante brusco:
-¡Usted aquí! ¿Qué desea?
-Hablar con usted, capitán.
-Pero estoy ocupado, señor, estoy trabajando. La libertad que le dejo a usted de aislarse cuando lo quiera, ¿no puedo tenerla yo?
Tal recibimiento era poco alentador. Pero yo estaba decidido a oírlo todo, con tal de poder responder a todo.
-Señor, le dije fríamente, tengo que ventilar con usted un asunto que no admite demora.