Veinte mil leguas de viaje submarino

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Llegué a la puerta angular del salón. La abrí suavemente. El salón se hallaba en profunda oscuridad. Los acordes del órgano resonaban feblemente. El capitán Nemo estaba allí. No me veía y hasta creo que a plena luz no me hubiera visto, tan hondo era el éxtasis que lo absorbía por entero. Me deslicé por la alfombra, cuidando de evitar el menor choque cuyo ruido podía revelar mi presencia. Me fueron necesarios cinco minutos para llegar a la puerta del fondo que daba a la biblioteca.

Iba a abrirla cuando un suspiro del capitán Nemo me dejó clavado en el sitio. Comprendí que se levantaba. Lo entreví, incluso, pues algunos reflejos de la biblioteca iluminada -se filtraban en el salón. Vino hacia mí, con los brazos cruzados, silencioso, deslizándose más que caminando, como un espectro. El pecho oprimido se le hinchaba de sollozos. Y le oí murmurar estas palabras, las últimas suyas que llegaran a mis oídos:

-¡Dios todopoderoso! ¡Basta ya, basta!

¿Era la confesión de sus remordimientos lo que surgía así de la conciencia de ese hombre,

Trastornado, me precipité hacia la biblioteca. Subí por la escalera central y tomando la crujía superior llegué a la canoa. Entré por la abertura que ya habla dado paso a mis dos compañeros.

-¡Partamos! ¡Partamos!, exclamé.

-¡Al instante!, respondió el canadiense.


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