Veinte mil leguas de viaje submarino

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El orificio abierto en el acero del Nautilus se cerró previamente y se aseguró con los pernos, mediante una llave inglesa de que se había provisto Ned Land. La abertura de la canoa igualmente. El canadiense comenzó a destornillar las tuercas que nos sujetaban aún al barco submarino. De repente se oyó un gran rumor adentro. Alzábanse voces resonantes. ¿Qué pasaría? ¿Habrían advertido nuestra fuga?

Sentí que Ned Land me deslizaba un puñal en la mano.

-¡Sí, murmuré, sabremos morir!

El canadiense habla interrumpido su tarea. Pero una palabra, veinte veces repetida, una voz terrible, me reveló el porqué de la agitación que se propagaba a bordo del Nautilus ¡No éramos nosotros lo que inquietaba a la tripulación!

-¡Maelstrom! ¡Maelstrom!, gritaban.

¡El Maelstrom! ¿Podía resonar en nuestros oídos nombre más fatídico en la espantosa situación en que nos hallábamos? ¿Estaríamos, entonces, en los peligrosos parajes de la costa noruega? ¿Se vería arrebatado el Nautilus en ese abismo, precisamente cuando la canoa se desprendía de sus flancos?


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