Veinte mil leguas de viaje submarino

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No obstante, la situación no dejaba de ser angustiosa. Quizás no hubieran notado nuestra falta y, aunque la advirtieran, la fragata no podía volver hacia nosotros con el timón desmontado. La única esperanza eran los botes.

Consejo meditó fríamente basándose en esta hipótesis y trazó su plan de acuerdo con ella. ¡Asombroso temperamento! ¡El flemático mozo se sentía allí como en su casa!

Quedó, por lo tanto decidido que, siendo nuestra única probabilidad de salvamento que nos recogieran los botes de la Abraham Lin- coln, debíamos tratar de mantenernos a la espera el mayor tiempo posible. Yo resolví entonces que ahorráramos esfuerzos a fin de no agotarlos simultáneamente, para lo cual convinimos en esto: mientras uno de nosotros se mantenía quieto, de espaldas, con los brazos cruzados y las piernas extendidas, el otro nadaría empujándolo hacia adelante. Esta función de remolcador no debía durar más de diez minutos y relevándonos así, podríamos flotar algunas horas y tal vez hasta que amaneciera.

¡Débil probabilidad! ¡Pero tan fuertemente se arraiga la esperanza en el corazón del hombre! Además éramos dos. En fin, lo afirmo aunque parezca poco creíble, ¡si hubiera intentado destruir en mi ánimo toda esperanza, si hubiese querido "desesperarme", no lo habría podido!


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