Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¿Y la fragata?, le pregunté.
-¡La fragata!, respondió Consejo poniéndose de espaldas, creo que el señor haría bien en no contar mucho con ella.
-¿Qué dices?
-Digo que en el momento en que me echaba al mar, escuché estos gritos de los marineros: ¡La hélice y el timón están rotos!
-¿Rotos?
-Sí, los quebraron los dientes del monstruo. Es la única avería, supongo, que tuvo la Abraham Lincoln. Pero, lo que es una circunstancia desdichada para nosotros, ya no tiene gobierno.
-¡Entonces, estamos perdidos!
-Puede ser, respondió tranquilamente Consejo. Sin embargo, nos quedan todavía algunas horas por delante y en algunas horas pueden hacerse muchas cosas.
La imperturbable calma de Consejo me dio ánimo. Nadé más vigorosamente; pero molesto por la ropa que me apretaba como una chapa de plomo, hallaba mucha dificultad en sostenerme a flote. Consejo lo advirtió.
-Permítame el señor que le haga un corte, dijo. Y deslizando la hoja de un cuchillo por entre mi ropa la rasgó de arriba abajo con rápido golpe. Luego me despojó de ella en un santiamén, mientras yo nadaba por los dos. A mi vez le presté igual servicio a Consejo, y ambos continuamos navegando uno junto al otro.