Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Entre tanto, Consejo seguía llevándome a remolque. De vez en cuando levantaba la cabeza, daba un grito al que respondía una voz a cada instante más cercana. Yo la oía apenas. Las fuerzas se me acababan, los dedos se me abrían, la mano no me servía ya de punto de apoyo, la boca convulsivamente abierta se me llenaba de agua salada, el frío me entumecía. Alcé la cabeza por última vez; luego me sentí hundido en un abismo...
En ese instante, un cuerpo duro me golpeó. Me aferré a él. Después sentí que me levantaban volviéndome a la superficie del agua, y que el pecho se me liberaba de la tremenda presión. Me desvanecí. No caben dudas de que no tardé en recobrar el sentido, gracias a vigorosas fricciones que me surcaban el cuerpo. Entreabrí los ojos...
-¡Consejo!, murmuré.
-¿El señor ha llamado?, respondió él.
En ese momento, a la última claridad de la luna que declinaba hacia el horizonte, vi una cara que no era la de Consejo y que reconocí de, inmediato.
-¡Ned!, exclamé.
-¡En persona, señor, corriendo detrás de la prima!, respondióme el canadience.
-¿Cayó usted al mar cuando chocó la fragata?
-Sí, señor profesor, pero más favorecido que ustedes pude hacer pie inmediatamente en un islote flotante.
-¿Un islote?