Veinte mil leguas de viaje submarino

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Al llegar a este punto se hace preciso que coordine mis pensamientos, reavive los recuerdos, y verifique mis propios asertos. Estas últimas palabras del canadiense habían producido un cambio brusco en mi posición mental. Me levanté rápidamente en el punto más elevado del ser o del objeto semisumergido que nos servía de refugio. Tanteé con el pie: era, evidentemente, un cuerpo duro, impenetrable, y no la substancia blanda que forma la masa de los grandes mamíferos marinos. Pero ese cuerpo duro bien podía ser un caparazón óseo, semejante al de los animales antediluvianos, y quedaría yo en paz clasificando al monstruo entre los reptiles anfibios, tales como las tortugas o los caimanes. ¡Pues bien, no! El lomo negruzco que me soportaba era liso, pulido, no escamoso. Al golpearlo producía una sonoridad metálica, y por increíble que fuere, parecía, ¿qué digo?, estaba hecho de planchas ajustadas con pernos.

¡No había duda posible! El animal, el monstruo, el fenómeno de la naturaleza que tuvo intrigado al mundo científico por entero, que trastornó y extravió la imaginación de los marinos de ambos hemisferios, había que reconocerlo, resultaba un fenómeno más asombroso aún, un fenómeno debido a la mano del hombre.



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