Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Este rapto, realizado tan brutalmente, se desarrolló con la rapidez de un rayo. Mis compañeros y yo no tuvimos tiempo de advertir lo que nos pasaba. Yo no sé lo que sintieron ellos al verse metidos en aquella prisión flotante, pero a mí un rápido escalofrío me heló la epidermis.
¿Con quién tendríamos que vérnoslas? Sin duda, con algunos piratas de nuevo cuño, que explotaban el mar a su manera. Apenas se cerró detrás de mí la estrecha compuerta, me envolvió profunda oscuridad. Mis ojos impregnados de la luz exterior no distinguían cosa alguna. Sentí que mis pies descalzos se prendían de los peldaños de una escala de hierro. Ned Land y Consejo, asidos fuertemente, me seguían.
Al pie de la escalera se abrió una puerta que volvió a cerrarse de inmediato detrás de nosotros con resonancia estrepitosa. Estábamos solos. ¿Dónde? No podía decirlo, apenas imaginarlo. Todo estaba oscuro, pero en oscuridad tan completa que ni después de algunos minutos pudieron percibir mis ojos uno de esos reflejos imprecisos que flotan en las noches más profundas. Entre tanto, Ned Land, enfurecido por ese modo de proceder, daba rienda suelta a su indignación.