Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Por mil diablos!, exclamaba!, ¡Esta gente puede darles lecciones a los caledonios en materia de hospitalidad! ¡Sólo les falta ser antropófagos! Cosa que no me sorprenderÃa, pero declaro que no me comerán sin que proteste.
-Cálmese, amigo Ned, cálmese, le dijo tranquilamente Consejo. No se irrite antes de tiempo. ¡TodavÃa no estamos en el asador!
-¡En el asador, no, respondió el canadiense, pero en el horno con seguridad! Esto está muy oscuro. Felizmente no he perdido mi machete y veo lo bastante como para usarlo. Al primero de estos bandidos que me ponga la mano encima...
-No se encolerice, Ned, dÃjele entonces al arponero, y no nos comprometa con inútiles violencias. ¡Quién sabe si no nos están escuchando! Tratemos, más bien, de saber dónde estamos. Avancé tanteando. A los cinco pasos di con una muralla de hierro de placas empernadas. Luego, volviendo, tropecé con una mesa de madera, junto a la cual habÃa dispuestos varios escabeles. El piso de esa prisión se disimulaba con una espesa capa de formio que apagaba el rumor de los pasos. Los muros no revelaban huellas de puerta ni ventanas.