Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Consejo dando una vuelta en sentido opuesto se encontró conmigo y volvimos al centro de ese camarote que debía tener veinte pies de largo por diez de ancho. En cuanto a la altura, Ned Land, pese a su alta estatura, no alcanzó a, medirla. Había transcurrido ya una media hora sin que la situación variara cuando de la extremada oscuridad pasaron mis ojos de pronto a la más resplandeciente luz. Se iluminó nuestra prisión de súbito, es decir, se llenó de una materia luminosa tan viva que no pude en el primer momento soportarla. Por su blancura e intensidad reconocí la iluminación eléctrica que producía en torno al barco submarino un magnífico fenómeno de fosforescencia. Tras haber cerrado instintivamente los ojos, volví a abrirlos y vi que el agente luminoso manaba de un medio globo esmerilado que sobresalía en la parte superior del camarote.
-¡Por fin se ve claro!, exclamó Ned Land, quien cuchillo en mano se mantenía a la defensiva.
-Sí, le respondí aventurando una antítesis, pero la situación no es menos oscura.