Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Tenga paciencia el señor, dijo el impasible Consejo. La repentina iluminación del camarote me permitió examinarlo en los menores detalles. No contenía sino la mesa y los cinco escabeles. La puerta, invisible, debía cerrar herméticamente. Ningún tumor llegaba a nuestros oídos. Todo parecía muerto en el interior de aquella embarcación. ¿Estaba navegando, o se mantenía en la superficie del océano, o se hundía en sus profundidades? No lo adivinaba. No obstante, aquel globo luminoso no se había encendido sin motivo. Yo esperaba, pues, que los tripulantes no tardasen en mostrarse. Porque cuando se desea sumir en el olvido a los presos, no se les iluminan las mazmorras.
No andaba yo engañado. Se oyó ruido de cerrojos, abrióse la puerta, se presentaron dos hombres.