Veinte mil leguas de viaje submarino

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Uno de ellos era bajo, musculoso, ancho de espaldas, de miembros robustos, cabeza grande, mirada viva Y penetrante, y, en toda su persona se advertía esa vivacidad que en. Francia caracteriza a las poblaciones provenzales. Diderot sostuvo con razón que el gesto del hombre es metafórico, índice de su carácter, y el hombrecillo era, por cierto, una prueba manifiesta de ello. Se presentía que su lenguaje habitual debía prodigar las prosopopevas, las metonimias y las sinécdoques. Lo que, por otra parte, no tuve ocasión de verificar, pues siempre usó en mi presencia un idioma singular, totalmente incomprensible. El segundo desconocido merece más detenida descripción. Un discípulo de Gratiolet o de Engel hubiera leído en su rostro como en un libro abierto. 

Yo reconocí sin la menor vacilación sus cualidades dominantes: la confianza en sí mismo, pues la cabeza se destacaba nobIemente del arco formado por la línea de los hombros y los ojos negros miraban con fría seguridad; la serenidad, pues la piel, más bien pálida que sonrosada, anunciaba sangre tranquila de circulación regular; la energía, demostrada por la rápida contracción de los músculos superciliares; el valor, en fin, porque su hondo respirar manifestaba gran fuerza vital.



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