Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¡Ah, maldito animal! —gritó el jinete, súbitamente transformado en peatón y avergonzado como un oficial de caballerÃa que pasara a soldado de infanterÃa.
—Färja —dijo el guÃa tocándole el hombro.
—¿Qué? ¿Una barca?
—Der —respondió Hans, señalando un barco.
—Sà —exclamé yo—, hay una barca.
—Eso habÃa que haberlo dicho. En marcha entonces.
—Tidvatten —continuó el guÃa.
—¿Qué dice?
—Dice marea —respondió mi tÃo, traduciéndome la palabra danesa.
—Sin duda hay que esperar la marea.
—Förbida? —preguntó mi tÃo.
—Ja —respondió Hans.
Mi tÃo daba patadas en el suelo mientras los caballos se dirigÃan hacia la barca.
Comprendà perfectamente la necesidad de esperar cierto instante de la marea para emprender la travesÃa del fiordo, el momento en que el mar, llegado a su máxima altura, se calma. Entonces el flujo y el reflujo no tienen ninguna acción sensible, y la barca no corre el peligro de ser arrastrada ni al fondo del golfo ni al medio del océano.