Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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En aquel lugar el fiordo tenía una anchura de media milla por lo menos; las olas se estrellaban con estruendo sobre las rocas puntiagudas; aquel golfo se ensanchaba entre murallas de peñas, especie de acantilado cortado a pico, de una altura de tres mil pies y notable por las capas oscuras que separaban lechos de toba de un matiz rojizo. Sea cual fuere la inteligencia de nuestros caballos, no auguraba yo nada bueno de la travesía de un verdadero brazo de mar realizada a lomos de cuadrúpedo.

—Si son inteligentes —dije—, no tratarán de pasar. En cualquier caso, ya me encargaré yo de ser inteligente por ellos.

Pero mi tío no quería esperar. Espoleó a los dos hacia la orilla. Su montura llegó a olfatear la última ondulación de las olas y se detuvo. Mi tío, que tenía instinto propio, la espoleó más. Nueva negativa del animal, que movió la cabeza. Entonces se sucedieron juramentos y latigazos por un lado, y por otro coces del animal, que comenzó a desmontar a su jinete. Por fin, el pequeño caballo, doblando las corvas, se separó de las piernas del profesor y lo dejó plantado, de pie, sobre dos piedras de la orilla, como el coloso de Rodas.

Su montura llegó a olfatear la última ondulación de las olas.


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