Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¡Sólo cuatro millas! —dijo—. ¡Cuatro millas de las veintidós! ¡Vaya paseo!
Quiso hacer una observación al guÃa que, sin responderle, volvió a ocupar su puesto delante de los caballos y se puso de nuevo en marcha.
Tres horas más tarde, siempre hollando el césped descolorido de los pastizales, tuvimos que contornear el Kollafjörd, vuelta más fácil y menos larga que una travesÃa de ese golfo. Pronto entrábamos en un «pingstaoer», lugar de jurisdicción comunal, llamado Ejulberg, cuyo campanario hubiera dado las doce si las iglesias islandesas fueran lo bastante ricas para poseer un reloj; pero se parecen mucho a sus feligreses, que no tienen relojes, y que se conforman sin ellos.
Allà descansaron los caballos; luego, avanzando por una orilla encerrada entre una cadena de colinas y el mar, nos llevaron de un tirón al «aoalkirkja» de Brantär, y una milla más adelante a Saurböer «annexia», iglesia aneja, situada en la orilla meridional del Hvalfjörd.
Eran entonces las cuatro de la tarde; habÃamos recorrido cuatro millas[10].