Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Aquel gabinete era un verdadero museo. Todas las muestras del reino mineral se hallaban allà etiquetadas en el más perfecto orden, siguiendo las tres grandes divisiones de los minerales: inflamables, metálicos y litoideos.
¡QuĂ© bien conocĂa yo esas chucherĂas de la ciencia mineralĂłgica! ¡Cuántas veces, en lugar de vagabundear con los chicos de mi edad, me habĂa divertido quitando el polvo a aquellos grafitos, aquellas antracitas, aquellas hullas, aquellos lignitos, aquellas turbas! ¡Y los bitumĂ©s, las resinas, las sales orgánicas que habĂa que preservar del menor átomo de polvo! ¡Y aquellos metales, desde el hierro hasta el oro, cuyo valor relativo desaparecĂa ante la igualdad absoluta de los especĂmenes cientĂficos! ¡Y todas aquellas piedras que hubieran bastado para reconstruir la casa de Königstrasse, incluso con una hermosa habitaciĂłn más, que tan bien me hubiera venido!
Pero al entrar en el gabinete no pensaba siquiera en estas maravillas. SĂłlo mi tĂo ocupaba mi pensamiento. Estaba hundido en su amplio sillĂłn guarnecido de terciopelo de Utrecht, y tenĂa entre las manos un libro que miraba con la admiraciĂłn más profunda.
—¡Qué libro, qué libro! —exclamaba.
