Viaje al centro de la tierra

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Esta exclamación me recordó que el profesor Lidenbrock era también bibliómano en sus ratos perdidos; pero un libro de lance sólo tenía valor a sus ojos a condición de ser inencontrable, o por lo menos ilegible.

—Bueno —me dijo—, ¿es que no lo ves? Pues se trata de un tesoro inestimable que he encontrado esta mañana fisgoneando en la tienda del judío Hevelius.

—¡Magnífico! —respondí con fingido entusiasmo.

En efecto, ¿a qué tanto alboroto por un viejo en cuarto[1] cuyo lomo y cubiertas parecían hechas de vulgar becerro, un libraco amarillento del que colgaba una cinta descolorida?

Sin embargo, las interjecciones admirativas del profesor no cesaban.

—Mira —decía, haciéndose a sí mismo preguntas y respuestas—. ¿Es bastante hermoso? Sí, es admirable. ¡Y qué encuadernación! ¿Se abre el libro con facilidad? Sí, porque se queda abierto en cualquier página. ¿Y cierra bien? Sí, porque la cubierta y las hojas forman un todo perfectamente unido, sin separarse ni entreabrirse por ningún lugar. Y este lomo que no presenta ni un rasguño después de setecientos años de existencia. ¡Ah, de esta encuadernación se habrían sentido orgullosos Bozerian, Closs o Purgold!


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