Viaje al centro de la tierra

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Ante esta afirmación quedé estupefacto y no pude replicar nada.

—¿Dudas de mis palabras? —dijo mi tío—, pues bien, sígueme.

Obedecí maquinalmente. Al salir del presbiterio, el profesor tomó un camino recto que, atravesando por una grieta la muralla basáltica, se alejaba del mar. Pronto llegamos a campo raso, si es que puede darse este nombre a un amontonamiento inmenso de deyecciones volcánicas. La zona parecía aplastada bajo una lluvia de piedras enormes de trapp[12] de basalto, de granito y de todas las rocas piroxénicas.

Aquí y allá veía humaredas elevarse en el aire; aquellos vapores blancos, llamados reykir en lengua islandesa, procedían de fuentes termales, y con su violencia ponían de manifiesto la actividad volcánica del suelo. Aquello parecía justificar mis temores. Por eso me quedé estupefacto cuando mi tío me dijo:

Aquí y allá veía humaredas elevarse en el aire.

—¿Ves todas esas humaredas, Axel?; pues bien, prueban que no tenemos nada que temer de los furores del volcán.

—¿Y por qué? —exclamé yo.


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