Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Al día siguiente, 23 de junio, Hans nos esperaba con sus compañeros cargados de víveres, herramientas e instrumentos. Dos bastones con contera de hierro, dos fusiles y dos cartucheras estaban reservados para mi tío y para mí. Como hombre precavido, Hans había añadido a nuestros equipajes un odre lleno que, unido a nuestras cantimploras, nos aseguraba agua para ocho días.
Eran las nueve de la mañana. El rector y la arpía esperaban delante de su puerta. Sin duda querían dirigirnos el supremo adiós del anfitrión al viajero. Pero aquel adiós tomó la forma inesperada de una formidable factura, donde se incluía hasta el aire de la casa pastoral, aire infecto, si se me permite decirlo. Aquella digna pareja nos desplumaba como un hostelero suizo y ponía precio de oro a su hospitalidad sobreestimada.
Mi tío pagó sin regatear. Un hombre que partía para el centro de la Tierra no iba a reparar en unos rixdales más o menos.
Arreglado este punto, Hans dio la señal de partida, y algunos instantes después habíamos dejado Stapi.