Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Comenzábamos entonces a escalar las pendientes del Sneffels. Por una ilusión óptica frecuente en las montañas, su nevada cima me parecía muy cercana y, sin embargo, ¡cuántas interminables horas faltaban para alcanzarla! Sobre todo, ¡qué cansancio! Las piedras, a las que no unía entre sí ninguna clase de cemento, ni de tierra ni hierba, se desmoronaban bajo nuestros pies e iban a perderse en la llanura con la rapidez de una avalancha.

En ciertos lugares, las laderas del monte formaban con el horizonte un ángulo de treinta y seis grados por lo menos; era imposible escalarlos, y aquellos repechos pedregosos debían ser rodeados no sin dificultad. Nos prestábamos entonces ayuda mutua gracias a nuestros bastones.

Nos prestábamos ayuda mutua gracias a nuestros bastones.

Debo decir que mi tío estaba lo más cerca que podía de mí; no me perdía de vista y en muchas ocasiones su brazo me proporcionó un sólido apoyo. En cuanto a él, tenía, sin duda, un sentido innato del equilibrio, porque no tropezaba. Los islandeses, aunque cargados, trepaban con agilidad de montañeros.


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