Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Hans avanzaba tranquilamente como sobre un terreno liso; a veces desaparecía tras los grandes bloques, y momentáneamente lo perdíamos de vista; entonces un silbido agudo, escapado de sus labios, indicaba la dirección a seguir. También a menudo se detenía, recogía algunos desechos de rocas, los disponía de forma reconocible y hacía de este modo señales destinadas a indicar el camino de vuelta. Precaución buena en sí misma que los acontecimientos futuros hicieron inútil.
Tres fatigosas horas de marcha nos habían llevado tan sólo a la base de la montaña. Allí, Hans hizo señas de detenerse, y todos compartimos un almuerzo frugal. Para ir más deprisa mi tío daba bocados de tamaño doble del normal. Pero como esta parada para comer era también un alto para descansar, tuvo que esperar a la decisión del guía, que dio la señal de partida una hora más tarde. Los tres islandeses, tan taciturnos como su camarada el cazador, no pronunciaron una sola palabra y comieron con sobriedad.