Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Hans —prosiguió— va a encargarse de las herramientas y de una parte de los vÃveres; tú, Axel, de otro tercio de los vÃveres y de las armas; y yo, del resto de los vÃveres y de los instrumentos delicados.
—Pero ¿quién se encargará de bajar la ropa y ese montón de cuerdas y escalas? —dije yo.
—Bajarán solas.
—¿Cómo? —pregunté.
—Ahora lo verás.
Mi tÃo echaba mano de los grandes medios gustosamente y sin vacilar. Por orden suya, Hans reunió en un solo bulto los objetos no frágiles, y atado el paquete sólidamente fue arrojado al abismo por las buenas.
Oà el mugido sonoro producido por el desplazamiento de las capas de aire. Mi tÃo, inclinado sobre el abismo, seguÃa con mirada satisfecha la caÃda de los equipajes, y no volvió a levantarse hasta haberlos perdido de vista.
—Bueno —dijo—. Ahora nos toca a nosotros.
Pregunto a cualquier hombre de buena fe si se pueden oÃr sin estremecerse palabras semejantes. El profesor se ató a su espalda el fardo de los instrumentos. Hans cogió el de las herramientas y yo el de las armas. El descenso comenzó por el siguiente orden: Hans, mi tÃo y yo. Se hizo en un profundo silencio, sólo turbado por la caÃda de los fragmentos de roca que se precipitaban en el abismo.