Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Sin embargo, a poco que hubiera aventurado mis miradas en aquel pozo, me habría dado cuenta de su conformación. Sus paredes, casi verticales, presentaban numerosos salientes que debían facilitar el descenso. Pero si no faltaba la escalera se echaba de menos la barandilla. Una cuerda atada al orificio habría bastado para sostenernos, pero ¿cómo desatarla cuando hubiéramos llegado al extremo inferior?
Mi tío empleó un medio muy sencillo para obviar esta dificultad. Desenrolló una cuerda del grosor de una pulgada y de cuatrocientos pies de larga; dejó caer primero la mitad, y luego la enrolló alrededor de un bloque de lava que sobresalía y tiró la otra mitad a la chimenea. Cada uno de nosotros podía descender entonces reuniendo en la mano las dos mitades de la cuerda que no podían escaparse; una vez que hubiéramos bajado doscientos pies, nada nos sería más fácil que recogerla soltando un cabo y tirando del otro. Este ejercicio volvería a empezar de nuevo ad infinitum.
—Ahora ocupémonos de los equipajes —dijo mi tío tras haber terminado esos preparativos—. Los dividiremos en tres paquetes, y cada uno de nosotros atará uno a su espalda; me refiero sólo a los objetos frágiles.
Evidentemente, el audaz profesor no nos incluía en esta última categoría.