Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Dicho esto, mi tío cogió en una mano el aparato de Ruhmkorff que colgaba de su cuello; con la otra puso en comunicación la corriente eléctrica con el serpentín de la linterna, y una luz bastante brillante disipó las tinieblas de la galería.
Hans llevaba el segundo aparato, que también fue activado. Esta ingeniosa aplicación de la electricidad nos permitía caminar durante mucho tiempo creando luz artificial en medio incluso de los gases más inflamables.
—¡En marcha! —dijo mi tío.
Cada cual cogió su bulto. Hans se encargó de empujar por delante el paquete de cuerdas y ropa y, cerrando yo la marcha, entramos en la galería.
En el momento de sumirse en aquel oscuro corredor, levanté la cabeza y divisé por última vez, a través del inmenso tubo, aquel cielo de Islandia, «que no debía volver a ver».
La lava se había abierto paso a través de aquel túnel durante la última erupción de 1229. Alfombraba el interior con un barniz espeso y brillante; la luz eléctrica se reflejaba en él centuplicando su intensidad.