Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra No le comunicaba ninguna de estas reflexiones al tío Lidenbrock; no las hubiera comprendido. Su único pensamiento era seguir adelante. Caminaba, se deslizaba, rodaba incluso, con una convicción que después de todo era de admirar.
A las seis de la tarde, tras un paseo poco fatigoso, habíamos avanzado dos leguas en dirección sur, pero apenas un cuarto de milla en profundidad.
Mi tío hizo la señal de descanso. Comimos sin hablar mucho y nos dormimos sin reflexionar demasiado.
Nuestro equipo nocturno era muy sencillo: una manta de viaje, en la que nos liábamos, componía toda la ropa de cama. No teníamos que temer ni frío ni visita inoportuna. Los viajeros que se adentran en los desiertos de África o en el seno de las selvas del Nuevo Mundo se ven obligados a relevarse en la vigilancia durante las horas del sueño. Pero aquí había soledad absoluta y seguridad completa. Ni salvajes ni animales feroces, ninguna de esas especies malhechoras era de temer.