Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Mientras tanto, seguíamos caminando, y yo era el único de los tres que olvidaba la longitud de la ruta para perderme en consideraciones geológicas. La temperatura seguía siendo sensiblemente la misma que durante nuestro paso entre las lavas y los esquistos. Sólo mi olfato estaba afectado por un olor muy acusado de protocarburo de hidrógeno. Reconocí inmediatamente la presencia en aquella galería de una notable cantidad de ese fluido peligroso al que los mineros han dado el nombre de grisú, y cuya explosión ha causado tan a menudo catástrofes espantosas.
Por fortuna estábamos iluminados por los ingeniosos aparatos de Ruhmkorff. Si por desgracia hubiéramos explorado imprudentemente aquella galería antorcha en mano, una terrible explosión habría puesto fin al viaje suprimiendo a los viajeros.
Aquella excursión por la hullera duró hasta el atardecer. Mi tío apenas podía contener la impaciencia que le causaba la horizontalidad de la ruta. Las tinieblas, que seguían siendo impenetrables a veinte pasos, impedían calcular la longitud de la galería, y yo comenzaba a creerla interminable cuando de repente, a las seis, un muro se presentó inopinadamente ante nosotros. A derecha, a izquierda, por arriba, por abajo: no había ningún pasaje. Habíamos llegado al fondo de un callejón sin salida.