Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Hacia las seis, aquella fiesta de luz comenzó a disminuir sensiblemente, casi a cesar; las paredes adoptaron un tinte cristalizado, pero sombrío; la mica se mezcló con mayor intensidad al feldespato y al cuarzo, para formar la roca por excelencia, la piedra más dura de todas, la que soporta, sin ser aplastada, los cuatro pisos de terrenos del planeta. Estábamos encerrados en la inmensa prisión de granito.

Eran las ocho de la tarde. El agua no aparecía. Yo sufría de modo horrible. Mi tío marchaba en cabeza. No quería detenerse. Prestaba oído para sorprender los murmullos de algún manantial. Pero ¡nada!

Mis piernas se negaban ya a sostenerme. Resistía la tortura para no obligar a mi tío a detenerse. Para él habría sido el golpe de gracia, porque acababa el día, el último que le correspondía.

Finalmente me abandonaron las fuerzas. Lancé un grito y caí:

—¡Ayuda! ¡Me muero!

Mi tío volvió sobre sus pasos. Me miró cruzándose de brazos; luego salieron de sus labios estas palabras sordas:

—¡Todo ha terminado!

Un espantoso gesto de cólera sacudió mi mirada por última vez, y cerré los ojos.


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