Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Cuando los abrí de nuevo vi a mis dos compañeros inmóviles y envueltos en sus mantas. ¿Dormían? Por lo que a mí respecta, yo no podía encontrar un instante de sueño. Sufría demasiado, sobre todo ante la idea de que mi mal no tendría remedio. Las últimas palabras de mi tío resonaban en mis oídos: «¡Todo ha terminado!», porque en semejante estado de debilidad no podía pensarse siquiera en volver a la superficie del globo.

¡Había legua y media de corteza terrestre! Me parecía que aquella masa reposaba con todo su peso sobre mis hombros. Me sentía aplastado, y me agotaba en violentos esfuerzos para darme la vuelta sobre mi cama de granito.

Pasaron algunas horas. Un silencio profundo reinaba a nuestro alrededor, un silencio de tumba. Nada llegaba a través de aquellas murallas, la más delgada de las cuales medía cinco millas de espesor.

Sin embargo, en medio de mi sopor, creí oír un ruido. La oscuridad reinaba en el túnel. Miré más atentamente, y me pareció ver al islandés que desaparecía con la lámpara en la mano.

«¿Por qué aquella partida? ¿Nos abandonaba Hans?». Mi tío dormía. Quise gritar. Mi voz no pudo hallar paso entre mis labios resecos. La oscuridad se hacía más profunda, y los últimos ruidos acababan de apagarse.


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