Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Durante una hora, imaginé en mi cerebro delirante todas las razones que habÃan podido mover al tranquilo cazador. Por mi cabeza pasaron las ideas más absurdas. ¡Creà que iba a volverme loco!
Pero, por fin, se produjo un ruido en las profundidades del abismo. Hans regresaba. La luz incierta comenzaba a deslizarse sobre las paredes, luego desembocó por el orificio del corredor. Apareció Hans.
Se acercó a mi tÃo, le puso la mano en el hombro y le despertó suavemente. Mi tÃo se levantó.
—¿Qué pasa? —dijo.
—Vatten —respondió el cazador.
Debo creer que bajo la inspiración de violentos dolores todo el mundo se convierte en polÃglota. Yo no sabÃa ni una palabra de danés, y sin embargo comprendà por instinto la palabra de nuestro guÃa.
—¡Agua! ¡Agua! —exclamé yo, batiendo las manos, gesticulando como un insensato.
—¡Agua! —repetÃa mi tÃo—. Hvar? —le preguntó al islandés.
—Nedat —respondió Hans.
¿Dónde? ¡Abajo! Lo comprendà todo. Yo habÃa cogido las manos del cazador y las estrechaba con fuerza mientras él me miraba con calma.
Los preparativos de marcha no fueron largos, y pronto caminábamos por el pasadizo cuya pendiente alcanzaba los dos pies por toesa.
