Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Una hora más tarde habÃamos caminado unas mil toesas y descendido dos mil pies.
En aquel momento oà nÃtidamente un sonido inusual correr por los flancos de la muralla granÃtica, una especie de mugido sordo, como un trueno lejano. Durante la primera media hora de marcha, al no encontrar el manantial anunciado, sentÃa que la angustia se apoderaba de nuevo de mÃ; pero entonces mi tÃo me informó sobre el origen de los ruidos que se producÃan.
—Hans no se ha equivocado —dijo—, lo que oyes es el mugido de un torrente.
—¿Un torrente? —pregunté.
—Es indudable. Un rÃo subterráneo circula a nuestro alrededor.
Apresuramos el paso, sobreexcitados por la esperanza. Ya no sentÃa fatiga. Me refrescaba aquel ruido de agua murmurante. Aumentaba de modo sensible. El torrente, tras haberse mantenido por encima de nuestras cabezas durante mucho tiempo, corrÃa ahora por la pared de la izquierda, mugiendo y saltando. Yo pasaba a menudo mi mano sobre la roca, esperando encontrar en ella huellas de humedad. Pero fue en vano.
TodavÃa pasó media hora y recorrimos media legua más.