Viaje al centro de la tierra

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Entonces resultó evidente que durante su ausencia el cazador no había podido continuar su búsqueda más allá. Guiado por un instinto particular de los montañeses y los zahoríes, «sintió» aquel torrente a través de la roca, pero, desde luego no había visto el precioso líquido; no había apagado su sed en él.

Pronto quedó claro que si continuábamos caminando, nos alejaríamos de la corriente, cuyo murmullo tendía a disminuir.

Desanduvimos el camino. Hans se detuvo en el lugar preciso en que el torrente parecía estar más cercano.

Me senté junto al muro, mientras las aguas corrían a dos pies de mí con extrema violencia. Pero todavía nos separaba de ella un muro de granito.

Sin reflexionar, sin preguntarme si había algún medio para conseguir aquella agua, en un primer momento me dejé llevar por la desesperación.

Hans me miró y creí ver aparecer sobre sus labios una sonrisa.

Se levantó y cogió la lámpara. Yo le seguí. Se dirigió hacia la pared. Yo le miraba hacer. Pegó su oído a la piedra seca y lo paseó lentamente, escuchando con gran atención. Comprendí que buscaba el punto preciso en que el torrente se dejaba oír con mayor claridad. Encontró aquel punto en el muro lateral de la izquierda, a tres pies por encima del suelo.


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