Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra ¡Qué emoción sentÃa! ¡No me atrevÃa a adivinar lo que el cazador pretendÃa hacer! Pero tuve que comprenderlo y aplaudirle, y abrumarle con mis caricias, al verle coger su pico para atacar a la roca misma.
—¡Salvados! —exclamé.
—Sà —repetÃa mi tÃo frenético—. Hans tiene razón. ¡Ah, el valiente cazador! Nosotros no habrÃamos encontrado esto.
¡Estoy seguro! Un medio semejante, por simple que fuese, no se nos habrÃa ocurrido. Nada más peligroso que dar un golpe de pico en aquella armazón del globo. ¿Y si se produjera algún desprendimiento que pudiera aplastarnos…? ¿Y si el torrente, al salir a través de la roca, nos invadiera…? Estos peligros no tenÃan nada de quiméricos; pero en ese momento los temores de desprendimiento o inundación no podÃan detenernos: nuestra sed era tan intensa que por aplacarla hubiéramos cavado en el lecho mismo del océano.
Hans se puso a la tarea que ni mi tÃo ni yo hubiéramos hecho.