Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Si la impaciencia hubiera guiado nuestra mano, la roca habría volado en mil pedazos bajo sus golpes precipitados. El guía, por el contrario, tranquilo y ponderado, desgastó poco a poco la roca con una serie de pequeños golpes repetidos, cavando una abertura de seis pulgadas de ancho. Yo oía crecer el ruido del torrente, y ya creía sentir el agua bienhechora refrescando mis labios.

Pronto el pico se hundió dos pies en la muralla de granito. El trabajo se prolongaba desde hacía más de una hora. Yo me retorcía de impaciencia. Mi tío quería echar mano de los grandes remedios. A duras penas hubiera podido detenerle, y ya cogía su pico cuando de repente se dejó oír un silbido. Un chorro de agua se disparó de la muralla y fue a estrellarse en la pared opuesta.

Un chorro de agua se disparó de la muralla.

Hans, medio derribado por el choque, no pudo contener un grito de dolor. Lo comprendí cuando, hundiendo mis manos en el chorro líquido, lancé a mi vez una violenta exclamación. El manantial estaba hirviendo.

—¡Agua a cien grados! —exclame.

—Bueno, ya se enfriará —respondió mi tío.

El corredor se llenaba de vapores mientras se formaba un riachuelo que iba a perderse en las sinuosidades subterráneas; pronto tomamos nuestro primer trago.


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