Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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¡Qué placer! ¡Qué incomparable voluptuosidad! ¿Qué era aquel agua? ¿De dónde venía? Importaba poco. Era agua, y por caliente que estuviese, devolvía al corazón la vida a punto de escaparse. Yo la bebía sin parar, sin saborearla siquiera.

Sólo tras un minuto de delectación exclamé:

—Pero ¡si es agua ferruginosa!

—Excelente para el estómago y de alta mineralización —replicó mi tío—. Este viaje vale tanto como ir a Spa o a Toeplitz.

—¡Ah, qué buena!

—Buenísima, agua sacada a dos leguas bajo tierra. Tiene un gusto a tinta que no resulta nada desagradable. ¡Buen manantial el que Hans nos ha procurado! Por eso propongo dar su nombre a este riachuelo salutífero.

—De acuerdo —asentí.

Y pronto quedó adoptado el nombre de Hans-bach.

Hans no se sintió más orgulloso por ello. Tras haberse refrescado con moderación, se recostó en un rincón con su calma acostumbrada.

—Ahora —dije—, no deberíamos dejar que esta agua se perdiera.

—¿Por qué? —respondió mi tío—; supongo que la fuente es inagotable.

—¡Qué importa! Llenemos el odre y las cantimploras y tratemos luego de tapar el hueco.


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