Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Valor —continuó mi tÃo—. No hables, escúchame. Te hemos buscado subiendo y bajando la galerÃa. Ha sido imposible encontrarte. ¡Ah, cuánto te he llorado, muchacho! En fin, suponiéndote siempre en el camino del Hans-bach, hemos vuelto a bajar disparando los fusiles. Ahora, si nuestras voces pueden reunirse es un puro efecto de acústica. ¡Nuestras manos no pueden tocarse! Pero no desesperes, Axel. Ya es algo oÃrse.
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Durante este tiempo, yo habÃa reflexionado. Cierta esperanza, vaga todavÃa, volvÃa de nuevo a mi corazón. Ante todo, habÃa algo que me importaba conocer. Acerqué, pues, mis labios al muro, y dije:
—¿TÃo?
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—Dime, muchacho —me respondieron tras algunos instantes.
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—Lo primero que hay que saber es qué distancia nos separa.
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—Eso es fácil.
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¿Tiene el cronómetro?
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—SÃ.
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