Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Supe entonces que mi providencial caĂda me habĂa llevado precisamente al final de una galerĂa casi perpendicular; como habĂa llegado en medio de un torrente de piedras, la menor de las cuales hubiera bastado para aplastarme, habĂa que concluir que una parte del macizo se habĂa deslizado conmigo. Aquel espantoso vehĂculo me transportĂł asĂ hasta los brazos de mi tĂo, en los que caĂ sangrante e inanimado.
—En verdad —me dijo—, es sorprendente que no te hayas matado mil veces. Pero ¡por Dios!, no volvamos a separarnos, porque correrĂamos el riesgo de no vernos más.
«No separarnos más». AsĂ, pues, Âżno habĂa concluido el viaje? AbrĂ los ojos desmesuradamente, lo cual provocĂł de inmediato la siguiente pregunta:
—¿Qué te ocurre, Axel?
—Quiero hacerle una pregunta. Dice usted que estoy sano y salvo.
—Desde luego.
—¿Tengo todos mis miembros intactos?
—Desde luego.
—¿Y mi cabeza?
—Tu cabeza, salvo algunas contusiones, está perfectamente puesta sobre tus hombros.
—Pues bien, tengo miedo de que mi cerebro se haya perturbado.
—¿Perturbado?