Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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La bóveda suspendida por encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía hecha de grandes nubes, vapores móviles y cambiantes, que por efecto de la condensación debían convertirse ciertos días en lluvias torrenciales. Habría creído que bajo una presión tan fuerte de la atmósfera la evaporación del agua no podía producirse, y, sin embargo, por una razón física que se me escapaba, había amplias nubes en el aire. Pero en aquel instante «hacía buen tiempo». Las capas eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las elevadísimas nubes, y a menudo, entre dos capas desunidas, un rayo se deslizaba hasta nosotros con notable intensidad. Pero, en resumidas cuentas, no era el sol, puesto que su luz carecía de calor. El efecto era triste, soberanamente melancólico. En lugar de un firmamento brillante de estrellas, sentía por encima de aquellas nubes una cúpula de granito que me aplastaba con todo su peso, y aquel espacio, por inmenso que fuera, no habría sido suficiente para el paseo del menos ambicioso de nuestros satélites.

Me acordé entonces de la teoría de un capitán inglés[15] que consideraba la Tierra una vasta atmósfera hueca, en cuyo interior el aire era luminoso a consecuencia de su presión, mientras que dos astros, Plutón y Proserpina, trazaban por él sus misteriosas órbitas. ¿Sería verdad?


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