Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

Estábamos realmente aprisionados en una enorme excavación. No podía juzgarse su amplitud, puesto que la orilla iba alargándose hasta perderse de vista, ni su longitud, porque la mirada se detenía muy pronto en una línea de horizonte algo indecisa. En cuanto a la altura, debía sobrepasar varias leguas. La mirada no podía ver dónde se apoyaba aquella bóveda sobre sus contrafuertes de granito; pero suspendida en la atmósfera había alguna nube, cuya elevación podía estimarse en dos mil toesas, altitud superior a la de los vapores terrestres, y debida sin duda a la considerable densidad del aire.

Evidentemente, la palabra «caverna» no traduce mi pensamiento para pintar aquel inmenso lugar. Pero las palabras de la lengua humana no sirven a quien se aventura en los abismos del globo. Además, yo no sabía por qué hecho geológico explicar la existencia de semejante excavación. ¿Habría podido producirla el enfriamiento del globo? Por los relatos de los viajeros conocía de sobra ciertas cavernas célebres, pero ninguna presentaba tales dimensiones.





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