Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Era un verdadero océano, con el contorno caprichoso de las orillas terrestres, pero desierto y de un aspecto espantosamente salvaje.
Si mis miradas podían pasear a lo lejos por aquel mar era porque una luz «especial» iluminaba sus menores detalles. No se trataba de la luz del sol, con sus haces resplandecientes y la irradiación espléndida de sus rayos, ni la pálida y vaga del astro de las noches, que no es sino una reflexión sin calor. No. La intensidad de aquel resplandor, su difusión temblorosa, su blancura, su brillo, superior en realidad al de la luna, acusaban evidentemente un origen eléctrico. Era como una aurora boreal, un fenómeno cósmico continuo que llenaba aquella caverna capaz de contener un océano.