Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Lo imprevisto de aquel espectáculo habÃa devuelto a mi rostro los colores de la salud; estaba tratándome mediante la sorpresa y realizando mi curación con esta nueva terapia; además me reanimaba el frescor de un aire muy denso, que proporcionaba más oxÃgeno a mis pulmones.
No será muy difÃcil imaginar que, tras un encierro de cuarenta y siete dÃas en una estrecha galerÃa, era un goce infinito aspirar aquella brisa cargada de húmedas emanaciones salinas.
Asà que no tuve que arrepentirme de haber abandonado mi oscura gruta. Mi tÃo, ya hecho a tales maravillas, no se extrañaba.
—¿Te encuentras con fuerzas para pasear un poco? —me preguntó.
—SÃ, desde luego —contesté—; nada me resultará más agradable.
—Pues bien, coge mi brazo, Axel, y sigamos las sinuosidades de la orilla.