Viaje al centro de la tierra

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Y no se equivocaba. Júzguese el desarrollo adquirido por estas plantas propias de los medios cálidos y húmedos. Sabía que, según Bulliard, el «lycoperdon giganteum» alcanza de ocho a nueve pies de circunferencia; pero aquí se trataba de hongos blancos, de una altura de treinta a cuarenta pies, con un casquete de un diámetro igual. Los había a millares. La luz no conseguía atravesar su espesa sombra, y una oscuridad completa reinaba bajo aquellas cúpulas, yuxtapuestas como los techos redondos de una ciudad africana.

Sin embargo quise avanzar. Un frío mortal bajaba de aquellas bóvedas carnosas. Durante una media hora vagamos por aquellas húmedas tinieblas, y sentí verdadero bienestar cuando volví a encontrarme en la orilla del agua.

Pero la vegetación de esta comarca subterránea no se limitaba a aquellos hongos. Más lejos se elevaba en grupos un gran número de otros árboles de follaje descolorido. Eran fáciles de reconocer: se trataba de los humildes arbustos de la Tierra, pero con dimensiones fenomenales, licopodios de cien pies de altura, sigilarias gigantes, helechos arborescentes, grandes como los abetos de las altas latitudes, lepidodendros de tallos cilíndricos bifurcados, rematados por largas hojas erizadas de rudos pelos como monstruosas plantas carnosas.


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