Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Pero en aquel momento mi atención fue atraÃda por un espectáculo inesperado. A quinientos pasos, al rodear un alto promontorio, apareció ante nuestros ojos un bosque alto, tupido, espeso. Estaba formado por árboles de mediano tamaño, recortados en una especie de sombrillas regulares, de contornos nÃtidos y geométricos: las corrientes de la atmósfera no parecÃan ejercer ninguna influencia sobre su follaje, y permanecÃan inmóviles en medio de la brisa como un macizo de cedros petrificados.
Apresuré el paso. No podÃa dar un nombre a aquellas especies singulares. ¿Formaban parte de las doscientas mil clases de vegetales conocidas hasta entonces, o habÃa que otorgarles un lugar especial en la flora de las vegetaciones lacustres? No. Cuando llegamos bajo su umbrÃa, mi sorpresa quedó por debajo de mi admiración.
En efecto, me encontraba en presencia de productos de la tierra, pero cortados por un patrón gigantesco. Mi tÃo los llamó inmediatamente por su nombre.
—Esto no es más que un bosque de hongos —dijo.
«Esto no es más que un bosque de hongos», dijo.