Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra La brisa soplaba del noreste. El viento nos empujaba con extremada rapidez. Las densÃsimas capas de la atmósfera tenÃan un empuje considerable y actuaban sobre la vela como un poderoso ventilador.
Al cabo de una hora, mi tÃo habÃa podido calcular con bastante exactitud nuestra velocidad.
—Si continuamos asà —dijo—, haremos por lo menos treinta leguas cada veinticuatro horas y no tardaremos en divisar la orilla opuesta.
Yo no respondÃ, y fui a situarme en la proa de la balsa. La costa septentrional se empequeñecÃa en el horizonte. Los dos brazos de la orilla se abrÃan ampliamente como para facilitar nuestra partida. Ante mis ojos se extendÃa un mar inmenso. Grandes nubes paseaban rápidamente por la superficie su sombra grisácea, que parecÃa pesar sobre aquel agua sombrÃa. Los rayos argentados de la luz eléctrica, reflejados acá y allá por alguna gotita, hacÃan estallar puntos luminosos en los remolinos de la embarcación. Pronto se perdió de vista la tierra y desapareció todo punto de referencia; sin el surco espumoso de la balsa, hubiera podido creerse que permanecÃa en perfecta inmovilidad.