Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Hacia mediodía, unas algas inmensas vinieron a ondular en la superficie de las olas. Yo conocía el poder vegetativo de aquellas plantas, que reptan a una profundidad de más de doce mil pies por el fondo de los mares, se reproducen bajo presiones de cuatrocientas atmósferas y forman a menudo bancos lo bastante considerables para obstaculizar la marcha de los navíos; pero jamás, según creo, hubo algas más gigantescas que las del mar Lidenbrock.

Unas algas inmensas vinieron a ondular en la superficie de las olas.

Nuestra balsa pasó junto a fucos de tres a cuatro mil pies de largo, inmensas serpientes que se desarrollaban hasta más allá del alcance de nuestra vista; yo me divertía siguiendo con la mirada sus cintas infinitas, creyendo siempre divisar su final, y durante horas enteras mi paciencia, si no mi asombro, era engañada.

¿Qué fuerza natural podía producir tales plantas? ¿Cuál debía ser el aspecto de la Tierra en los primeros siglos de su formación, cuando, bajo la acción del calor y la humedad, el reino vegetal se desarrollaba sólo en su superficie?

Llegó la noche, y como ya había observado la víspera, la luminosidad del aire no sufrió disminución alguna. Era un fenómeno constante con cuya duración se podía contar.


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