Viaje al centro de la tierra

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Después de la cena, me tumbé al pie del mástil, y no tardé en dormirme en medio de indolentes ensoñaciones.

Hans, inmóvil al timón, dejaba deslizarse la balsa que, por lo demás, empujada desde detrás por el viento, ni siquiera necesitaba ser dirigida.

Desde nuestra partida de Puerto Graüben, el profesor Lidenbrock me había encargado llevar el «diario de a bordo», anotar las menores observaciones, consignar los fenómenos interesantes, la dirección del viento, la velocidad conseguida, el camino recorrido, en una palabra, todos los incidentes de aquella extraña navegación.

Me limitaré, pues, a reproducir aquí estas notas cotidianas, escritas, por así decirlo, al dictado de los acontecimientos, a fin de dar un relato más exacto de nuestra travesía.

Viernes, 14 de agosto. Brisa sostenida del NO. La balsa marcha con rapidez y en línea recta. La costa queda a treinta leguas a sotavento. Nada en el horizonte. La intensidad de la luz no varía. Buen tiempo, es decir, las nubes están muy altas, son poco espesas, y se bañan en una atmósfera blanca, como si fuera de plata en fusión. Termómetro: + 32° C.


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