Viaje al centro de la tierra

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Volví a ver a la fiel compañera de mis penas y mis alegrías. Todos los días me ayudaba a ordenar las preciosas piedras de mi tío; las etiquetaba conmigo. ¡Qué buenísima mineralogista era la señorita Graüben! Habría dado lecciones a más de un sabio. Le gustaba profundizar en las cuestiones arduas de la ciencia. ¡Cuántas dulces horas habíamos pasado estudiando juntos! ¡Y cuánto envidiaba yo a menudo la suerte de aquellas piedras insensibles que ella manejaba con sus encantadoras manos!

Luego, llegado el momento del descanso, salíamos los dos juntos, enfilábamos las frondosas avenidas del Alster, y juntos nos dirigíamos al viejo molino alquitranado que hace tan buen efecto al extremo del lago; de camino, hablábamos cogidos de la mano. Yo le contaba cosas que le hacían mucha gracia. Así llegábamos hasta las orillas del Elba, y, tras haber dado las buenas noches a los cisnes que nadaban entre los grandes nenúfares blancos, volvíamos al muelle en la barca de vapor.

Y me encontraba yo soñando así cuando mi tío, dando un puñetazo en la mesa, me devolvió violentamente a la realidad.

—Veamos —dijo—, en mi opinión, la primera idea que debe ocurrírsele a uno para embrollar las letras de una frase es escribir las palabras verticalmente en lugar de trazarlas horizontalmente.

«¡Vaya!», pensé yo.


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